Tengo,
tengo dentro,
tengo dentro de mi cabeza,
tengo, una masa amorfa y asquerosa,
a una gelatina oscura y casi licuada semejante,
que, porfiando por obviar su baja condición,
Te ama entre chasquidos eléctricos y humores sanguilonentos.
Este repugnante pastiche, que se agazapa en mi testa y que no me deja dormir,
sueña con cielos violetas por un rayo heridos de punta a punta, oscuridad coloreada y rota;
con olores que, reptando, trepan por mi nariz y abrazan lo que hay dentro, obligándolo a recordar;
sueña con mitología, con ese café tomado entre susurros, con lo fugaz y lo venidero, lo sublime y lo perdurable, sueña con aquel momento que dejé pasar pero que siempre se repite ( para nada), sueña con luchas vanas y con rendiciones superfluas. Y vuela, vuela en su encierro.
Pero, ay, nada de toda esa vanidad es comparable a la suprema osadía de la que hace gala al lanzarse a amarte sin sonrojo.
¿Cómo algo así puede siquiera atreverse a mirarte a los ojos?
Fisiología del fulgor
Hay veces en las que todo está tan difuso que para ver hay que palpar.
Las formas son así colores, y las aristas, fronteras; entre tú y yo, entre yo y yo.
Palparte a tí es luz cegadora que no hiere, palparme a mí es tropezar en la oscuridad.
La oscuridad deja todo a la imaginación, y tu tacto, tu suavidad amable que susurra
desde los codos y los recovecos, los senos y los huecos, me hace imaginar que vuelo.
Y entonces soy tan fuerte que puedo saltar de una punta a otra de la cama, y entonces soy tan valiente que no me atrevo a salir de ella, yo, solo, el león, mirándome, acechando, emanando
su olor a selva y a paraíso. Y soy tan cobarde que lo miro a los ojos e introduzco mi cabeza en su boca, abandonándome a su merced.
Y entonces me siento poderoso, y no quiero abrir los ojos, sólo seguir palpando el olor sinuoso, acariciando el perfume exótico que emana de tus oasis. Absorto, miro como el humo del incienso asciende, hace remolinos en el aire, se abraza, me rehuye. Le envidio, ser humo y no tener ojos, ni materia, sólo el más fino tacto para palpar los colores, los sonidos, los corazones.
Después de:
Parece que tengo esto abandonado, ¿no? Siempre tengo una excusa. La de ahora es que estoy de exámenes. Pero pretendo retomar el ritmo. Eso digo siempre. Pero en fin. Esto sigue funcionando, aún intermitente. ¿Cuántos me seguís leyendo? Quizás nadie, y esté hablando solo. Si no es así, ¡manifestaos!, y charlemos.
Pertenece a Poesía
Hoy he de devorar todos los jeroglíficos
que esculpí en la lánguida masa informe
para protegérteme. Huirás o quizás corras.
No lo sé. Días después, todo sigue igual, el mismo color gris en los rayos del sol.
Pero parece que hoy cesó la vigilancia, quizás me atreva a salir a la calle en donde sólo tú me conoces.
Pertenece a Delirio
Caníbal
Mi vida. Mi vida no es azul, ni siquiera tiene un color nombrable. Mi vida no es un mar, tampoco un río, ni siquiera llega a manantial oculto o soñado.
Mi vida sólo son retazos. Pedazos de carne desgarrada y robada a mordiscos voraces. Mi vida sólo son retazos de recuerdos de otros, fragmentos inconexos de lo que sienten otros.
Como el vampiro, nada poseo, nada me es propio ni familiar, sólo el hambre. Pero a la vez, lo tengo (puedo tenerlo) todo. Puedo ser cualquiera. Héroe, villano, sabio, poeta, líder, noble. El papel que se escoja es lo de menos, la máscara no aguantará el invierno. Lo importanter es interpretarlo bien, como si fuera la vida en ello.
Al fin y al cabo:
He caminado toda mi vida hacia delante, pero sin rumbo, decidido, pero perdido; como el burro que hace girar la noria.
Pero el líquido que yo extraigo es algo más inestable, aún más fluido y mucho más inflamable, pero volátil; que el agua. Y me es mucho más caro y precioso, por supuesto.
Aún así:
Me lo beberé sin reparo, pero paladeándolo, sin comedimiento, pero valorándolo como gema o joya; como Baco.
Pues:
La única manera de soportar el invierno es conseguir llegar hasta él desnudo. Totalmente desnudo.
Al menos:
Tendré los dedos calientes.
Pertenece a Delirio , Pequeño poema en prosa , Poesía
Evasión
Cabalga, mi dulce rocín,
mi hermosa yegua, cabalga,
cabalga.Por entre las montañas
y sobre los prados
los valles y los vados,
siguiendo el camino que nos aleje
lo más posible de ellos.
Cabalga, y déjame soñar
con la cabeza hundida en tus perfumadas crines,
cabalga, y aléjame de lo
mundano alocado desquiciado
nimio mortal aburrido.
Galopando uno no tiene tiempo para pensar:
Es el viaje perfecto.
Dime, ¿necesito las espuelas?
Pertenece a Poesía
Encarnación
Podría matarte esta noche.
Pero lo dejaré para mañana,
hoy sólo
te haré el amor unas cuantas veces.
Y cuando hayas muerto por mi mano,
(no puede ser de otra forma)
me masturbaré mirando tu cadáver,
y luego lloraré
porque
al nombrarte te di existencia,
porque
al matarte te di conciencia.


